Pero el tiempo no se puede volver atrás.
Solo puedo decir "gracias", al menos ahora, al menos en un susurro, en una habitación vacía.
Miré la foto de él riendo, abrazando a nuestro viejo gato.
Mis dedos encontraron instintivamente el colgante de corazón en la cadena.
"Gracias por el regalo, Seryozha", dije en voz alta. "Y por el cariño también".
Afuera nevaba silenciosamente. El apartamento olía a café, a repostería recién horneada y al ligero y casi desvanecido aroma de ese mismo perfume; un aroma que por fin podía percibir y aceptar.
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